Ya iba tocando Mundodisco de nuevo, por supuesto.

«AH, PERO NO ESTAMOS EN EL MUNDO, dijo la Muerte. ESTAMOS EN LA REALIDAD CONGRUENTE ESPACIAL CREADA PARA PAPÁ PUERCO. PARA LA CUAL SE SUSPENDEN LAS REGLAS NORMALES. SI NO, ¿CÓMO IBA ALGUIEN A RECORRER TODO EL MUNDO EN UNA SOLA NOCHE?»

Probablemente Papá Puerco era uno de los libros de Mundodisco que más tiempo llevaba esperando para leer. Las fechas, hasta ahora, tampoco han acompañado, pero... bueno, dejémoslo en un por fiiiiiiiiiiiiiin.

Ah, cómo me gusta leer sobre la Muerte. La de Mundodisco, quiero decir. Ese caballero esquelético de dos metros de altura con cierta fascinación por la humanidad.

Una vez al año se celebra en Mundodisco la Vigilia de los Puercos, un día de paz, nieve, amor, y sobre todo regalos por la noche, que trae Papá Puerco (esa criatura mitológica vestida de rojo y blanco que viene volando en su trineo mágico, tirado por cuatro adorables cerditos, y que se cuela en las casas por la chimenea para llenar los calcetines de los niños y no tan niños de regalos). Como es obvio en un lugar como Mundodisco, un ser así no puede existir si no se cree en él.

Y eso es lo que pretenden los Auditores de la Realidad: que Papá Puerco no exista. Así que contratan a alguien capaz de matarlo, o, por lo menos, de dejarlo gravemente herido. Parece imposible matar a una representación antropomórfica de una creencia ¿verdad? Pues alguien ha encontrado la manera.

Las reglas, en principio, hablan de no intervenir. Sin embargo, los propios Auditores ya se las han saltado al ordenar este asesinato. Así que a la Muerte se le ocurre que es necesario que alguien haga algo, que alguien consiga que los niños acumulen suficiente fe en Papá Puerco para que no deje de existir. Pero, para eso, alguien debe ocupar su lugar.

Así que ahora imaginad a un esqueleto de dos metros vestido en un traje rojo y blanco muy grande para él, con una barba postiza, un cojín de relleno en la barriga, un saco mágico que parece saber lo que han pedido los niños y lo que se merecen realmente, y una risa siniestra tal que JO, JO, JO. Acompañada de un ayudante con una cara sospechosamente parecida a la de Albert, que no se resiste en absoluto a beberse todas las copitas de jerez dejadas para Papá Puerco, por supuesto.

Es necesario, para que esto llegue a buen fin y se violen las menos reglas posibles, que ningún humano o semihumano tome parte en el evento. Así que la Muerte, tras presentarse en la mansión (en la cual su nieta Susan trabaja como institutriz para dejar los regalos a los niños), prohíbe a esta meterse en todo ello.

Claro que, si prohíbes algo a tus nietos, o hijos, o a quien sea... lo más probable es que te acaben llevando la contraria. Sólo por fastidiar, aunque sea. Y ya si se les aparece la Muerte de las Ratas montada en un cuervo parlante e insistiendo en que hay que hacer algo, para qué queremos más.

Y es que el tema no es para tomárselo a risa. Porque ahora ha quedado un montón de creencia potencial excedente, tras el hueco dejado por Papá Puerco. Y así, de repente, están tomando forma criaturas que personifican hechos cotidianos, como el Hada del Buen Humor, el Devorador de Calcetines, el Gnomo de las Verrugas, el oh dios de las resacas, etc. Y lo más grave aún, y el objetivo fundamental de los Auditores de la Realidad: si finalmente Papá Puerco muere, el sol no volverá a salir en Mundodisco...

A mí me ha parecido muy, muy bonita. Que sea de la Muerte, por supuesto, influye, porque es uno de mis personajes favoritos, junto con Nobby Nobbs (que tiene un papel secundario, pero divertido, en esta novela). Aunque (a pesar de todas las muertes) más orientada al público juvenil que otras entregas de la serie de la Muerte. Tampoco es que me importe, claro está. Y mi vena friki se ha conmovido con la siguiente frase (los seguidores de Mundodisco enseguida sabrán de quién es):

+++ ¡Es Mío! ¡Buaaaaa! +++

Supongo que cualquiera ahora puede saber qué es lo que más me gusta de la saga de las Odiseas Espaciales de Arthur C. Clarke.

Claro que era obvio.